Nuestra experiencia en este mundo es como el laberinto mental que hemos ido construyendo a través de nuestros propios pensamientos. Vamos buscando una salida sin darnos cuenta de que nosotros mismos hemos decidido entrar para buscar la vuelta al exterior del laberinto, un sin sentido que recreamos una y otra vez, sintiéndonos perdidos, buscando algo que hemos olvidado, sin saber por donde ir, sin saber que la salida está en el lugar por donde entramos.
Algunos nos identificamos tanto con el personaje dentro del laberinto que no sabríamos "ser" otra cosa. Vemos que el laberinto no tiene sentido, que lo hemos construído nosotros y que podríamos tirarlo abajo con un sencillo pensamiento. Simple. Podríamos salir de allí sólo con desearlo, sin necesidad de seguir buscando la puerta de salida. Vemos que el sufrimiento de la eterna búsqueda no tiene sentido, y que la felicidad es tan facilmente alcanzable como cambiar un pensamiento por otro, un instante.
Pero ¿qué haríamos con esa felicidad? ¿Cómo podríamos vivir con ella si lo único que conocemos es la búsqueda, la escasez, la necesidad de salir del laberinto? No queremos salir, porque eso implicaría dejar de "ser" "el-que-está-encerrado-en-el-laberinto". No queremos ser felices porque no sabemos serlo. Es más, nos creemos culpables de haber fabricado el laberinto y no queremos aceptar nuestra inocencia.
Podemos quedarnos con la búsqueda y el vagabundear dentro del laberinto, sabiendo que no tiene ningún sentido y que está vacío de significado, o podemos enfrentarnos al vacío que genera la falta de identidad, el no saber quienes somos, el no saber nada en absoluto. Vacío. Una emoción de profunda tristeza nos abraza.
Sin embargo hay una parte de nosotros que sabe soltar ambas opciones, que sabe que se puede ser, simplemente. Observando los pensamientos, pero sabiendo que no somos nuestro pensamiento. Buscando el tercer camino, el más sutil y el mas simple, el que no decide y deja de buscar la felicidad con definiciones y simplemente "es" feliz, que está más allá de ese vacío. ¿Seremos capaces de soltar nuestra mente pensante y dejarnos ser lo que realmente somos, sin definiciones ni búsquedas, ni tareas, ni cambios, ni mejoras? ¿Seremos capaces de saltar al vacío?
lunes, 9 de febrero de 2009
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Hola María. Muy integradoras tus comunicaciones. Gracias. Sólo quería comentar un hilito que sale del blog del laberinto: En el primer párrafo dices que "hemos decidido entrar" y yo creo que, siendo fiel a la metáfora, la del laberinto digo, no habría que olvidar que en un laberinto uno no sabe que está en él. De pronto, por varias regularidades o patrones que comienza a ver en lo que le circunscribe, intuye de alguna manera que puede que esté en un lugar sobre el que da vueltas, que ha perdido la dirección en la que estaba o la pista de por donde iba, y entonces cree que puede que esté en un laberinto. Pero no decidió entrar en él.
ResponderEliminarNada más. Sólo quería apuntar esa puntillita. Por si conviene tirar del hilito. Pero tampoco sin ánimo de establecer una dialéctica. Sino que al leerlo se me ha venido y creído oportuno expresarte mis dudas acerca de que la metáfora del laberinto sea válida para lo que tú comunicas, que en todo lo demás es muy certero y revelador, pues yo mismo he experimentado esas jugarretas que te hace la mente, aunque insisto: en algunas decidí entrar y en otras me ví atrapado, puesto que aquello que sea el yo, está dentro de un cuerpo y una mente muy muy viejos, dentro de, como bien sabes, unas fábricas de patrones y programas que llevan funcionando millones de años, así que yo creo que no es tan fácil y simple como tirarlo todo abajo con un sencillo pensamiento como tú dices. Hay que trabajárselo, hace falta un cambio interno que lleva tiempo, por lo menos para los de nuestra generación. Gracias por tu sabiduría y hasta pronto . Un beso
José Luis